Cambio de aires

A principios de mes me escapé de Dublín para irme una semana de visita a Vigo. Además de ser un viaje placentero (y necesario), confirmé lo que llevaba rondando mi cabeza durante meses: mi tiempo en Irlanda tiene los días contados y esta etapa está llegando su fin.

¿De locos? ¿Tal y como están las cosas? Probablemente, no lo niego. Pero creo que también es de locos quedarme en un sitio que no me llena y en el que no estoy teniendo la experiencia que esperaba. O ni una décima parte de lo que esperaba, si soy sincera.

Todavía está todo en el aire y no tengo fechas, aunque no será hasta el 2014. Posiblemente en enero, pero no hay nada seguro. Lo que sí que sé es que desde que tuve el valor de decirlo alto y claro he cambiado mi humor radicalmente. Es el primer paso, pero ya empieza siendo positivo.

Por supuesto soy consciente de que no va a ser un camino de rosas. Llevo independizada más de tres años y no he vivido en casa más que como estudiante. A eso le sumamos la situación del país y es para tirarse de los pelos, pero saber que voy a tener a mi familia y a mis amigos cerca (¡al menos a la mayoría!) me va a enriquecer más que cualquier otra cosa.

Por lo pronto estoy contando los días que faltan hasta el 28 de diciembre, mi próxima visita a Galicia y el posible comienzo de algo grande. Puede ser un gran fracaso, pero al menos será el fracaso que yo he elegido. Y de los errores se aprende. Vaya si he aprendido.

Egocentrismo y autofotos

No sé por qué, pero aunque no es algo nuevo, últimamente no dejo de encontrar artículos sobre el fenómeno selfie. O lo que es lo mismo: autorretratarse y subirlo a internet, que creo que aún no se ha creado un término en español para definirlo (y como nos acabaremos apoderando del inglés me enfadaré eternamente con la humanidad).

Sinceramente, no veo la gravedad del asunto. Vale que hay millones de autofotos espantosas, pero también hay millones de fotos de gatos terribles y nadie dice nada. O de paisajes. O de comida. Oh, las fotos horrendas de comida.

Por supuesto, igual que siempre, yo no estoy libre de pecado y he contribuido un poco a todas las categorías anteriores. Salvo a la de los gatos, que les tengo alergia a su caspa y nunca tuve ninguno.

El caso es que no encuentro el problema a hacerte una foto a ti mismo, retocarla un poco, verte bien y compartirla con Instagram el mundo. Vale, puede ser algo egocéntrico, pero al fin y al cabo es tu cuerpo y puedes hacer con él lo que quieras. Además somos cuerpo y somos mente y hay cultivar ambos aspectos. ¿Que quieres enseñar lo guapa o guapo que te ves hoy? ¡Hazlo! ¿Qué malo puede haber en eso? Es mil veces mejor que quejarte de lo espantoso que te ves. Es bueno, es un subidón, es un “aquí estoy yo y mirad como lo rompo”.

Pero al parecer lo correcto es tirar piedras contra tu propio tejado y sentir inseguridad todo el tiempo.

Aún así, lo que hace indefendibles a los detractores de las autofotos es la capacidad de comunicarnos y expresarnos. Y qué mejor que usarnos a nosotros mismos con ese fin, porque nadie va a saber mejor que uno qué es lo que necesita decir. Al mundo, a alguien concreto, a uno mismo. Da igual. Tener voz es una necesidad. Y las voces no son sólo sonidos y palabras. Hablar con imágenes es precioso. Y poderoso.

Los autorretratos han existido desde siempre y por numerosas razones. Hay quien dirá que internet ha democratizado demasiado todo. Que ahora cualquiera tiene una cámara, un móvil o similar y se siente fotógrafo. Que cualquiera se cree modelo. Que cualquiera puede escribir. Que cualquiera puede sentirse artista. Nos olvidamos de que, en todo, la práctica y la constancia son lo que ayuda a mejorar y que las aficiones enriquecen y son necesarias.

En una sociedad donde cada vez se valoran menos las artes, creo que nos debería alegrar un poco saber que todos podemos intentar crear algo nuevo. Y enseñarlo, aunque “simplemente” sea tu cara.

Y si a alguien no le gusta, que no la mire. Al fin y al cabo hay otros millones de caras que ver, fruto de la magia de cierta democratización.

Tres años

Hoy hace tres años que me mudé aquí.

La historia ya empezó mal. Como el aeropuerto de Vigo está tan bien comunicado tuve que volar desde Santiago. Me llevó mi madre. Creo que tenía un plan B, porque casi llegamos a Coruña. Aún me sorprende que no hubiese perdido el avión después de todo lo que tuvimos que retroceder por la autopista.

Una vez en Dublín, con la cara llena de lloros, recogí mi maleta de color verde radiactivo y me abalancé a los brazos de David. Diez minutos después el romanticismo ya se había ido y yo estaba en el asiento de atrás del coche hablando con su padre. Tres años más tarde David aún no tiene carné. Siempre pensé que a mí me había costado bastante sacarlo, ya no.

Llegamos al piso, por fin lo veo en directo. Muy bonito, con los techos muy altos, mucha emoción. Cenamos pizza precocinada por última y única vez, que va en contra de mis principios y de mi religión culinaria. Todo estaba pasable salvo por una cosa: hubo un fallo con la instalación de teléfono e internet la semana anterior y, como buenos irlandeses, no habían venido a arreglarlo. Tras un pequeño enfado inicial decidí que no pasaba nada, que tenía una Blackberry y podía sobrevivir. Al menos no iba a estar completamente incomunicada.

Oh, la Blackberry. Al sacarla del bolso me di cuenta de que llevaba horas mandándole mensajes en blanco a mi abuela (menos mal que no los sabe leer). También correos en blanco a varios contactos sin determinar. Mi madre me llama. El sonido se descoloca, el audio viene y va y no me entero de nada. Ella menos, claro. A partir de ese momento y durante una semana sólo pude hablar con mi familia si David estaba a mi lado, cuando volvía del trabajo. El resto del tiempo lo pasaba sola.

Sola. En un piso casi vacío, en una ciudad que conocía de aquella manera. Aunque Dublín es enano, la primera vez que salí me perdí. Dos horas después de querer regresar a casa llegué a mi portal con los pies llenos de ampollas y cargada con bolsas del supermercado. Al menos los congelados aguantaron bien gracias al frío.

A partir de las cuatro de la tarde esperaba impaciente a que llegase David a casa para que pudiésemos salir juntos, porque no había manera de comunicarnos. Unas veces salía a la hora, otras tenía alguna reunión o percance. La morriña y falta de internet hicieron que perdiese el contacto con la mayoría de mis amigos. Esto se alargó durante meses, incluso años, porque pensaba que hablar con ellos iba a hacerlo todo más duro y cuesta arriba. Craso error.

Tres años más tarde estoy preparando hamburguesas de remolacha caseras para cenar, después de haber ido a un mercado local y hecho recados por varias zonas del centro. He retomado el contacto con muchos amigos, vuelto al blog y a Twitter y me conozco la ciudad al dedillo. Eso sí, muchos días sigo pasando el tiempo sola.

Nadie dijo que la vida en el exilio fuese fácil.

Niñas contra mujeres

La semana pasada tuve un casting. Lo digo sorprendida porque hacía siglos que no iba a uno. De hecho ahora me sale decir “fui modelo”, aunque siga teniendo agencia, porque ya no lo considero mi trabajo. Siempre fue un empleo a tiempo parcial, eso sí, porque nunca hubo la opción (o las ganas) de hacerlo mi única prioridad.

Empecé en esto en el 2007, con 20 años, así que desde el principio ya sabía mis limitaciones porque era vieja. Por mucho que mis rasgos me hiciesen parecer más joven, competir con una chica de 15 años es imposible. Y sí, aunque suene horrible, es competición. Desde mi punto de vista ser modelo es estar en una entrevista de trabajo constante. O en un periodo de prueba constante, supongo, en el caso de las pocas que llegan lejos.

El otro día creo que le sacaba, como mínimo, cuatro años al resto de las chicas. Posiblemente a alguna más de diez. Curiosa diferencia de edad cuando la cliente potencial de las prendas tendría más de 40. Es inevitable examinar a tus “contrincantes” mientras esperas tu turno y, como profesora, es inevitable preguntarse qué hacen niñas de instituto fuera de clase un martes a las diez de la mañana. Siendo una profesión tan efímera, la educación debería valorarse aún más.

De todos modos lo mío fue algo extraño, empezando en tercero de carrera y compaginándolo con otro trabajo una vez terminé. Aquí lo normal, pese a que la industria de la moda es muy débil, es saltarse horas de clase en secundaria para elevar el caché y luego aprovechar para trabajar más una vez matriculadas en la universidad. “Porque hay más tiempo libre y no hay que estudiar tanto”, dicen siempre. Me pregunto si tenemos el mismo concepto de universidad.

Cuando me mudé aquí, recién licenciada y con tres años de experiencia como modelo a mis espaldas, di el primer tropezón. Y fue bastante duro. La edad era una de las primeras cosas que me preguntaban. Después tenía que explicar que trabajaba varias horas como auxiliar de conversación en un colegio. Ahí también fruncían el ceño. Incluso la dueña de una agencia se rió en mi cara porque representaban a varias de mis alumnas.

Entonces me empecé a comparar. Yo, una mujer adulta, comparándome con adolescentes. Idealizando sus cuerpos espigados y sus rostros sin ojeras. E igual que yo, supongo que gran parte de la población. No es extraño escuchar a alguien ensalzando a estas menores de edad y ansiando ser como ellas. Yo era así hasta que me enteré de que una alumna que vigilaba porque me asustaba por su delgadez fichó por una agencia en Londres. Supongo que ese fue el momento en el que maduré y caí del árbol. No sin hacerme mucho daño al hacerlo, para qué negarlo.

Ahora ya no me equiparo. Ni me obsesiono. Sino que me inspira una imagen femenina completamente diferente. Idealizada, por supuesto, como todas las musas, pero madura, desarrollada, con la que me puedo identificar. Ya distingo la belleza de modelo, normalmente reminiscente a una niña disfrazada de mujer, de la belleza de mujer adulta. Son dos realidades distintas. Creemos que vivimos en la primera y al hacerlo tapamos la segunda, cegando e ignorando su atractivo y encanto.

Por desgracia, esto no sucede sólo en la moda. Al fin y al cabo nuestra sociedad está llena de detalles que nos recuerdan que no sólo se nos quiere niñas de edad, ni de rostro, ni de cuerpo. Que la lucha contra el tiempo no es sólo física. Que cada vez está más de moda ser niñas de intelecto. Así que cada vez me alegro más de ya no ser una niña y de ser, en todos los sentidos, una mujer. Adulta.

De armarios y Diógenes

Él tendrá su silla, pero he de reconocer que yo ocupo la mayor parte del armario y tres de los cinco cajones de la cómoda. También es verdad que tiene un montón de ropa en la casa de sus padres, no os penséis que soy una enferma. De hecho me encanta hacer limpiezas y desprenderme de cosas. El sábado hace tres años que me mudé aquí y tres años de independencia dan para mucho. Demasiado, en el caso de Irlanda, pero eso ya es otro tema.

Vivir fuera me ha enseñado muchas cosas. Una de las más importantes es la cantidad de porquería que se puede acumular. Y no me refiero a suciedad, que soy una persona muy pulcra, digna hija de una maniática de la limpieza, sino a tonterías que se compran o regalan porque sí. Son un incordio. No sólo por su afán de apadrinar polvo y ácaros, esos grandes amigos de mi nariz. Es complicado ser selectiva si estás rodeada de cosas inútiles.

Por eso me he impuesto una serie de reglas, aunque a veces me las salte. Aún así creo que ya he aprendido que salir corriendo cartera en mano nada más ver un vídeo de Lisa Eldridge o Charlotte Tilbury no es buena idea. O llevarme algo con un diseño imposible sólo porque está de moda. Normalmente los uso una o dos veces y luego se quedan ahí, muriéndose de la risa. Sé que mueren felices, pero es una muerte que se puede evitar. Por eso hago listas.

Oh, listas, ¡adoro las listas! Hago listas para todo. Cuando veo algo que me gusta, lo anoto. Luego lo pruebo en tienda (si es el caso), decido y normalmente sucede algo mágico e impensable: lo borro de la lista. Cada vez soy más difícil de convencer. Cada vez soy más adivina. Y, bueno, cada vez soy más consciente de lo que significa trabajar.

Estamos rodeados de una cultura de Diógenes que nos incita a consumir sin más. Ahora es normal tener todo un mueble dedicado a guardar maquillaje para uso personal. O la ropa de usar y tirar para no repetir atuendo en un mes. ¡Después quieren hacernos creer que determinadas prendas son indispensables (pero en inglés, que queda mejor) para la temporada! Tan indispensables que sólo las sacas de paseo una vez.

Me gusta la moda, me gusta la ropa y me gustan las cosas bonitas, pero también me gusta no tirar el dinero. No tener cosas desparejadas que parecen disfraces. A estas alturas creo saber lo que me queda bien, lo que es yo y lo que me va a durar. Supongo que eso es aprender a comprar: entender que algo pasó a mejor vida incluso antes de que fuese mío.

La silla

Nuestro piso tiene cuatro sillas. Son las que venían cuando lo alquilamos. Sólo tenemos derecho a invitar a dos amigos a la vez, el resto tienen que comer en el suelo.

El caso es que nunca tenemos las cuatro sillas en el salón. Nunca. Tres de ellas son amigas, pero una está completamente aislada, expulsada del club de los desayunos, comidas y cenas. ¿Por qué? Porque vivo con un hombre que pertenece a ese extenso grupo que necesita una silla para sobrevivir.

La silla vale para todo. Para la ropa que te vas a poner al día siguiente, para la ropa planchada, para la ropa que necesita ir a la tintorería, para la ropa que no sabes que existe. También tiene la altura necesaria para acomodar debajo una mochila de contenido completamente desconocido.

A veces me dan ataques de locura y se la ordeno. Creo que más que locura es miedo a que una nueva civilización se haya instalado en la silla, nos expulse y tengamos que seguir pagando el alquiler pese a tener que mudarnos debajo de un puente.

Una vez osé a devolver la silla a su rincón original. Él llegaba tarde de trabajar, yo tenía el día libre. Moví la mesa para que no estuviese pegada a la pared, la abrí e invité a su amigo invisible a cenar con nosotros. Supongo que tendría uno, sino le prestaba uno de los míos, que tenía a patadas.

Nada más llegar a casa vi como su corazón se rompía en cachitos diminutos. Su silla, le había tocado su silla. No estaba contra la pared, al lado del espejo. Había eliminado algo muy personal, algo muy necesario (porque no tenemos armario ni cómoda, como podéis suponer), algo muy suyo. Volvió a ponerla “en su sitio” y sonrió.

Odio la silla. Es una de las primeras cosas que veo al despertarme y una de las últimas cuando me voy a acostar. Si en Ikea no tienen una silla llena de basura en un rincón supongo que es por algo.

Pero él la adora. Así que si esa silla contribuye tanto a su felicidad, no me importa hacer la vista gorda y dejar que siga criando su rincón de caos particular.

Identidad y matrimonios

No sé si es porque tengo una mente retorcida, pero vi algo muy maligno el otro día en uno de esos vídeos tan populares en los que alguien se arrodilla, anillo en mano, para pedir que le juren amor eterno.

En Irlanda hay un festival muy famoso que se llama The Rose of Tralee. Como su propio nombre indica, tiene lugar en Tralee, condado de Kerry, y lo que hacen es elegir a la rosa más bonita, por dentro y por fuera. Aunque la rosa no es una rosa, es una chica. Empezamos bien, equiparando chica a planta (y no hay equivalente masculino del concurso). La ganadora, siempre de ascendencia irlandesa, se lleva a casa varios regalos, entre los que figura una cubertería de plata decorada con el escudo de su familia. Muy del 2013.

El caso es que este año el novio de una de las aspirantes aprovechó que compartían escenario para pedirle matrimonio. Ella le imploró que no lo hiciese, repitió “no” varias veces, pero al final ganó el sí (no sé si por la presión del momento) y todo el público les aplaudió, ilusionados. Aparece de nuevo el presentador, confirma que sí, que su respuesta fue afirmativa y, dirigiéndose al novio, le dice:

– Tengo que hacerte una pregunta muy importante. Cuando le pedí a mi mujer que se casase conmigo, tuve que hablar con su padre antes. ¿Fuiste a pedirle la mano de su hija?

Y el chico, de 23 años, le dice que sí, que no se preocupe.

Fuese en broma o no, el hecho de que todavía esté tan extendida esta costumbre me asusta. Los irlandeses con los que hablé sobre este tema la respaldan diciendo que “es la tradición”. Y punto, no hay más discusión. Lo que me molesta es que se tienen que conservar tradiciones como esta (pasar a una mujer de las manos de un hombre a las de otro), en vez de otras (como darle golpes a las paredes con un pan en Año Nuevo para atraer la buena suerte, que es completamente inofensivo).

El problema es que en esta sociedad no sólo se queda ahí, no es simplemente una “anécdota”, porque la mayoría de las mujeres (sólo conozco personalmente a una que no lo ha hecho) cambian su apellido al casarse. Aún va más allá de pedir permiso, no es un mero recordatorio de aquel “mi hija es menor de edad toda la vida”, sino que en el momento de la boda en cierto modo reniegan de su pasado, identidad y familia para pasar a la custodia de otra. Todo rodeado de un halo de aceptación y conformidad social.

Machismo enraizado, cuánto te odio.

Hola otra vez

El mes pasado decidí matar el blog. Bueno, no lo maté, porque sabía que me podía arrepentir, pero lo hice privado y lo dejé en el silencio, pensando que nunca más lo volvería a tocar (si es que los blogs son tangibles).

Hace más o menos una semana me empezó a picar el gusanillo de escribir otra vez. Pensé en hacerme una identidad oculta y misteriosa que nadie conociese con la que pudiese despacharme a gusto, pero me di cuenta de que sería un tanto hipócrita por mi parte refugiarme en las tinieblas, yo que soy tan partidaria de hacerme oír.

Posiblemente, si no dejo de escribir menos de dos semanas (que es bastante probable), hablaré mucho de cosas relacionadas con Irlanda. Al fin y al cabo es la realidad en la que llevo viviendo casi tres años. No estoy por encima del bien ni del mal, pero obviamente hay cosas que me chocan, me indignan y me provocan una reacción (casi alérgica en algunos casos), por lo que no puedo quedarme callada. ¡Pero también hay otras que me encantan y me inspiran!

Así que sin más dilación reinauguro el blog por enésima vez, llena de buenos propósitos.

[Toca cortar el lazo y sonreír a la cámara]

Guía swanehálica de París – Parte 4

Llegamos al final de mi pequeña guía (me estoy poniendo ceremoniosa). Espero que os haya gustado y que os dé ideas si visitáis París u os inspire a probar algo nuevo en casa.

· Le Potager du Marais
22 Rue Rambuteau
Curiosamente fue David quién descubrió este sitio, que está muy cerca del Centro Pompidou. Yo le busco caramelos y él me busca restaurantes vegetarianos, eso es amor. De todos modos él también salió ganando porque tenía muchas ganas de tomar una sopa de cebolla en París. Por si sus “mmmmhmms” y “aaaahs” no lo dejaban suficientemente claro, no paró de repetir lo deliciosa que estaba y hasta devoró el queso emmental (cuando dice que sólo le gusta el cheddar) que flotaba entre los picatostes. Mi sopa del día, de apio y curry, estaba muy rica también. De segundo él tomó muy “chili sin carne” y yo una hamburguesa de quinoa y tofu con salsa provenzal con guarnición (deliciosa, por cierto) de garbanzos, calabacín y cebolla, además de una ensalada con hinojo. Compartimos postre, una tarta de chocolate negro con naranja, y rechupeteamos bien las cucharas durante un buen rato.

Imagen del blog Hôtels Paris Rive Gauche.

· Berthillon
29-31 Rue Saint Louis en l’Île
Como colofón, nuestro último capricho parisino: un helado en Berthillon. Hay muchos restaurantes que venden sus helados y sorbetes, pero creo que es imprescindible formar parte de la pequeña cola en la puerta, oír cómo chocan los recipientes de metal donde guardan los helados y ver cómo las camareras sirven cucuruchos y tarrinas a una velocidad de vértigo y sin confundir los sabores. David probó tres: pera, chocolate y, cómo no, caramelo salado, y dice que nunca va a tomar un helado igual. Tendremos que volver a París tan sólo para pasarnos otra vez por Berthillon y no es broma. Los míos de grosella negra y mirabeles sabían a la fruta de verdad y me dejaron con ganas de probar más, porque además la selección es inmensa. Por lo que leí, llegan a hacer más de 60 sabores distintos al año. Está lleno de turistas, pero merece la pena.


Guía swanehálica de París – Parte 3

Seguimos con la tercera parte de nuestro periplo parisino. Esta vez va de pasteles, pizza y caramelos.

· Comme à Lisbonne
37 Rue du Roi de Sicile
Al ser de las Rías Baixas pasé numerosos fines de semana y vacaciones en Portugal. Recuerdo que de niña solía ir los domingos con mis abuelos y mi madre y el día no estaba completo hasta que nos sentábamos en una pastelaria. Uno de los dulces más típicos son los pastéis de nata , que son una versión de pastéis de Belem que hacen en Lisboa. Batallitas a parte, cuando leí una reseña de Comme à Lisbonne supe que teníamos que ir. Más aún desde que sé que mi madre empezó a cocinar esos dulces ahora que estoy en el exilio. El local es muy pequeñito, con sólo dos banquetas y poco más, así que lo típico es llevarse los pasteles a casa. Nosotros, cómo no, nos apoderamos de las banquetas y catamos los pasteles recién salidos del horno y espolvoreados con canela. Deliciosos.

Imagen de la página de Facebook de Comme à Lisbonne.

· Al Taglio
2 bis Rue Neuve Popincourt
Este restaurante nos vino de perlas porque, aunque era nuestra comida, el horario era más bien de merienda. Tienen un gran mostrador con distintas pizzas que cortan y calientan a tu gusto. David escogió la de jamón, mozzarella y tomates secos y yo la de espárragos y trufa. Las presentan en una tabla de madera colocadas a modo pirámide y el ambiente del sitio me recordó a los restaurantes del dueño de Jo Burger aquí en Dublín. Al final no pudimos resistirnos y pedimos una ración para compartir de la pizza de berenjena, parmesano y tomate. Muy bien de precio y muy buenas combinaciones de ingredientes. Además el chico fue muy atento con nosotros, aunque tengo que decir que a esas horas éramos los únicos clientes (y que somos encantadores).

Imagen de la página de Facebook de Al Taglio.

· La chocolaterie Jacques Genin
133 Rue de Turenne
Como ya dije ayer, David es el monstruo del caramelo, y hay que hacer felices a los novios, así que lo llevé a esta chocolatería. Tienen bombones y pasteles, como en cada rincón de París, pero lo que hace famoso a este sitio son los caramelos blandos. Los fabrican cada noche y los venden frescos al día siguiente, así que son absolutamente deliciosos y recién hechos. Además del sabor tradicional, el día que fuimos nosotros tenían unos de vainilla, jengibre, chocolate (increíbles) y mango con fruta de la pasión, que fue posiblemente el caramelo de este tipo más rico que he comido en mi vida.

Imagen tomada del blog Paris Patisseries.

Con suerte, mañana habrá más y terminaré con esta mini-guía, que se ve que la comida me motiva a escribir.